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El Secreto de la Felicidad

Hace muchísimos años, vivía un hombre al que se le consideraba el hombre más feliz del mundo. Muchos reyes, envidiosos, le ofrecían poder y dinero, y hasta intentaron robarlo para obtener un cofre, donde supuestamente guardaba el secreto para ser feliz, pero todo era en vano. Mientras mas lo intentaban, mas infelices eran, pues la envidia no los dejaba vivir.
Así pasaban los años y el sabio era cada día mas Feliz. Un día se le presentó un niño y le dijo: "Señor, al igual que tu, también quiero ser inmensamente feliz. "Por que no me enseñas...? que debo hacer para conseguirlo"? El sabio, al ver la sencillez y la pureza del niño, le dijo: "A ti te enseñaré el secreto para ser feliz. Ven conmigo y presta mucha atención.
Para ser feliz estos son los secretos: MI MENTE Y MI CORAZON. El gran secreto no es otro que una serie de pasos que debes seguir a lo largo de la vida":
"EL PRIMER PASO, es sentir la presencia de Dios en todo lo que te rodea, y por lo tanto, debes amarlo y darle gracias por todas las cosas que tienes."
"EL SEGUNDO PASO, es quererte a ti mismo, y todos los días, al levantarte y al acostarte, debes afirmar: yo soy importante, yo valgo, soy capaz, soy inteligente,
soy cariñoso, espero mucho de mi, no hay obstáculo que no pueda vencer: Este paso se llama autoestima alta."
"EL TERCER PASO, es poner en practica todo lo que dices que eres, es decir, si piensas que eres inteligente, actúa inteligentemente; si piensas que eres capaz, haz lo que te propones; si piensas que eres cariñoso, expresa tu cariño; si piensas que no hay
obstáculos que no puedas vencer, entonces proponte metas en tu vida y lucha por ellas hasta lograrlas. Este paso se llama motivación."
"EL CUARTO PASO, es no envidiar a nadie por lo que tiene o por lo que es, ellos alcanzaron su meta, logra tu las tuyas."
"EL QUINTO PASO, es no albergar en tu corazón rencor hacia nadie; ese sentimiento no te deja ser feliz; deja que las leyes de Dios hagan justicia, y tu perdona y olvida."
"EL SEXTO PASO, es no tomar las cosas que no te pertenecen. Recuerda que de acuerdo a las leyes de la naturaleza, mañana te quitaran algo de mas valor."
"EL SEPTIMO PASO, es no maltratar a nadie. Todos los seres del mundo tenemos derecho a que se nos respete y se nos quiera." "Y por último, levántate siempre con una sonrisa en los labios, observa a tu alrededor y descubre en todas las cosas el lado bueno y bonito; piensa en lo afortunado que eres al tener todo lo que tienes; ayuda a los demás sin pensar que vas a recibir nada a cambio; mira a las personas y descubre en ellas sus cualidades y dales también a ellos el secreto para ser triunfador y que de esta manera, puedan ser felices...

espiritualidad cristiana 1.

3 CAPÍTULO TERCERO: ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DEL SEGUIMIENTO DE JESÚS

En los dos capítulos anteriores buscamos hacer un acercamiento a la realidad de la espiritualidad en dos momentos: en un primer momento, desde el punto de vista sociológico, para describir la manera como se concibe la espiritualidad hoy, y en un segundo momento, desde un punto de vista histórico, para constatar el proceso que ha tenido la espiritualidad cristiana en occidente, de qué manera ha sido articulada, cuáles han sido los factores que la han modelado en el transcurso de los siglos, hasta llegar a la comprensión actual.

La espiritualidad cristiana no tiene ni puede tener más origen y más fundamento que la persona de Jesús y su existencia concreta. Pero como se ha dicho muy bien la forma más radical de recuperar al Jesús histórico y hacer de El, origen y fundamento de toda vida cristiana aparece en los evangelios como invitación y exigencia de Jesús a su seguimiento. Por esta razón, el presente capítulo pretende identificar los elementos que constituyen el seguimiento de Jesús a partir de los datos que ofrecen los evangelios, de manera que permitan posteriormente, articular una espiritualidad cristiana en clave de seguimiento.

Para este cometido debemos tener en cuenta que los evangelios no desarrollan sistemáticamente la idea de seguimiento, pero ofrecen elementos que permiten dar cuerpo al mismo, como una realidad dinámica, que conduce a quien lo asume a entrar en comunión de destino con aquel a quien se sigue, en un continuo proseguir su obra, perseguir su causa, por la acción del Espíritu.

Para el desarrollo del presente capítulo abordaremos los elementos que consideramos constitutivos del seguimiento de Jesús, esto es, el llamado, la misión (Servicio al Reino) y la comunidad, de manera que evoquen la actitud de marcha hacia adelante, de avance y de progreso contra todo inmovilismo y deseo de seguir mirando hacia atrás (Lc 9,62), de espaldas a la realidad. Estos elementos estarán precedidos por unas líneas generales acerca del seguimiento.

Aclaramos que los temas a los cuales haremos referencia, no se encuentran explícitamente en los textos evangélicos en el orden en que serán ubicados, de manera que estará presente un esfuerzo de interpretación de nuestra parte, y a su vez el deseo de ser fieles a los mismos, es decir, no alterando la esencia de su mensaje.

3.1 Generalidades sobre el seguimiento

El verbo seguir (ákolouzein) tiene un profundo arraigo en las principales fuentes de la tradición primera, tanto en los Sinópticos como en Juan; y con la única excepción de Apocalipsis 14:4 dice siempre relación a palabras y gestos concretos del Jesús histórico. Marchar detrás o continuar los pasos de Jesús es la actitud característica de los que fueron llamados como testigos de su vida y actuación. Realidad diferente a los términos imitar – imitación, que aparecen con frecuencia en los escritos paulinos.

El seguimiento de Jesús expresa una dimensión esencial de la existencia cristiana, el mismo término seguimiento la marca como algo dinámico, como una realidad en tensión hacia el final: el acontecimiento maravilloso del Reino de Dios, iniciado con la misión de Jesús (seguimiento prepascual), y el acontecimiento de su resurrección, que la fe pascual interpretó como el comienzo de la nueva humanidad (seguimiento pospascual).

Para evitar una contraposición que puede darse entre el seguimiento del Jesús histórico y el del Resucitado, es necesario tener en cuenta que el Jesús histórico es el mismo Resucitado y lo contrario; por esta razón, el seguimiento en ambos casos lo es de una persona viva y por ello se trata de una presencia, así como de una comunión personal en el camino y la vida – terrena y eternizada – de Jesús; aunque la forma de participación o comunión sea distinta, pues en el segundo caso esa comunión vital acaece a través de una mediación sacramental.

El punto de arranque del seguimiento está en la invitación que Jesús dirige a los que él quiere, quedando marcado así, el carácter profético de la nueva existencia del seguidor: su origen, lo mismo que el origen de la vida del profeta, está en la elección soberana de Dios que actúa por medio de su representante. Este rasgo aleja el seguimiento de Jesús del mundo de la institución escolar helenista y judía (aprendizaje de los discípulos con un maestro, rabino). Las analogías habrá que buscarlas en otros fenómenos de seguimiento de tipo profético o carismático.

El seguimiento de Jesús en correspondencia con su misión tuvo un carácter carismático profético ; pero se trató de un movimiento especial y único, la comparación con otros fenómenos de seguimiento de aquella época sirve para precisar y valorar esa novedad. A continuación damos algunas indicaciones.

Las diferencias con la institución de la escuela y especialmente con la de la escuela rabínica judía, son fundamentales: actividad misional, frente a la enseñanza escolar; vida itinerante, frente a la estabilidad de lugar; desarraigo social y marginación frente al prestigio comunitario; conductas anómalas, frete a la normativa legal como centro del aprendizaje; pecadores y mujeres dentro del grupo de seguidores, algo escandaloso en una escuela rabínica.

Jesús no tuvo, ciertamente, una formación de rabino, ni su enseñanza y praxis eran de tipo rabínico. El término rabí o rabuní de los textos evangélicos es un título honorífico que no tiene el significado específico de rabino. La misma gente lo identificaba con una figura profética carismática, y no con un rabino (Mc 1: 22.27; 6:14-16; 8: 27-30). Por otra parte, el término discípulo no se aplicaba exclusivamente al alumno de una escuela, sino también al seguidor de figuras carismáticas.

Los diversos movimientos mesiánicos y proféticos del judaísmo palestino del tiempo de Jesús significaron un especial florecimiento de la antigua tradición carismática israelita; todos ellos vivían de la esperanza de la pronta transformación de aquella situación calamitosa en la que estaba el pueblo judío de entonces.

Los movimientos análogos de renovación milenarista están marcados siempre por una figura profética dominante. Estos movimientos de carácter popular, fueron los que provocaron el seguimiento de sus jefes carismáticos por parte de amplias capas de la población oprimida. En ese amplio contexto hay que encuadrar, concretamente, la figura profética de Juan el Bautista, a cuyo movimiento se ligó en un primer momento Jesús.

En el mundo helenista de entonces era frecuente el fenómeno del seguimiento de figuras carismáticas con poderes especiales, que desarrollaban su actividad itinerando de una ciudad a otra. Sus tipos eran muy variados: magos, taumaturgos, profetas, filósofos, propagandistas de cultos. Especialmente significativa era la figura del filósofo cínico, que con su proclamación y estilo de vida provocador intentaban ser un signo crítico y de contraste frente a la sociedad urbana de entonces, que él consideraba como una degradación de la auténtica vida humana.

Es innegable una cierta afinidad sociológica entre ese fenómeno helenista y el seguimiento de Jesús. De hecho, según el testimonio de las cartas de Pablo, los antiguos misioneros cristianos helenistas fueron frecuentemente confundidos con esas figuras carismáticas ambulantes.

Pero es claro que de ningún modo se pueden igualar, ya que el acontecimiento del Reino de Dios, a cuyo servicio estaba la misión de Jesús y de sus seguidores y el contexto económico, social y cultural de los pequeños poblados galileos, en donde se desarrolló esa misión, estaban muy alejados del mundo religioso y social de las grandes ciudades helenistas, en donde actuaban los filósofos cínicos.

De todo lo anterior podemos decir que la aparición y el destino de Jesús vienen a condensar las tensiones características de la sociedad judía del siglo I d.C., y también que es en los movimientos proféticos–carismáticos, donde encontramos las afinidades más cercanas al seguimiento de Jesús, tanto en su característica de esperanza en la gran transformación, producida por la actuación de Dios, como en sus implicaciones sociales, reflejo de la situación palestina de entonces.

Lo que marcaba la gran diferencia con respecto a esos movimientos era la concreción que Jesús daba de esa esperanza difusa con su proclamación y actualización del acontecimiento salvador, ya iniciado en el presente, que él llamaba Reino de Dios. Precisamente en función de ese acontecimiento nuevo estaba el seguimiento al que él invitaba a algunas personas y no a todo el pueblo, como era el caso en algunos de esos movimientos mesiánicos proféticos.

3.2 El Llamado

“Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice:Sígueme. El se levantó y le siguió”. (Mc 2,14)

Es un hecho indudable que Jesús llamó a discípulos a seguirle. El verbo llamar se encuentra a lo largo de todo el nuevo Testamento, tanto en los evangelios como en los restantes escritos constituyendo así un signo de continuidad entre el llamamiento del Jesús histórico y el del Resucitado.

En los evangelios este verbo adopta diversas formas; remite a una llamada al seguimiento por parte de Jesús, pero destacando de manera especial no sólo la iniciativa de Jesús, sino también la transmisión o la comunicación a los discípulos de su propio poder para sanar y curar. De igual forma el verbo llamar aparece con el sentido de invitar a la mesa como signo del reino: parábola de las bodas (Mt 22:3–4.8–9; Lc 14:16–17.24) o en otros convites (Lc 7:39; 14:7–13.16; Jn 2:2).

La llamada de Jesús se ajusta en los evangelios a un esquema estereotipado: a) Jesús pasa (Mc 1:16.19; 2:14); b) ve a alguien (Mc 1:16.19; Jn 1:47); c) indicación de la actividad profesional de ese hombre (Mc 1:16.19; 2:14; Lc 5:2); d) la llamada (Mc 1:17-20; 2:14; Jn 1:37); e) dejarlo todo (Mc 1:18.20; no aparece en Mc 2:14, pero sí en Lc 5:11.28); f) el llamado sigue a Jesús (Mc 1:18.20; 2: 14; Lc 5:11.

Es evidentemente claro que el esquema es una construcción literaria y no un relato estrictamente histórico de una vocación. Podríamos decir que se trata de unidades de tradición originariamente independientes, que comienzan por “al pasar vio a un hombre” y terminan por “se levantó y le siguió”. En realidad, seguramente las cosas fueron más lentas y complejas.

En el comienzo de los evangelios sinópticos se encuentran las primeras escenas de vocación de discípulos al seguimiento, inmediatamente después del inicio y la predicación del Reino de Dios (“el reino está cerca; arrepentíos y creed en el evangelio” Mc 1:9–15). Es a partir de este momento donde se sitúa el primer llamamiento al discipulado de los dos hermanos, Pedro y Andrés, en el Lago de Galilea. Acto seguido dirige una segunda invitación a otros dos hermanos, Santiago y Juan. Jesús pasa junto a ellos cuando están realizando el trabajo diario y dice: “Veníos conmigo” (Mc 1:17; 1:20; 2:14). En todos los casos, abandonan inmediatamente su tarea y “lo siguieron” (Mc 1:18; 1:20; 2:14).

En la escena del llamado se destaca con vigor la iniciativa de Jesús y su autoridad: de él proviene siempre la llamada, dirigida de forma incondicional a personas concretas. No valen disculpas para no seguir prontamente tal llamada; se abandona todo y se sigue al que llama. Quien pide un aplazamiento es rechazado (Mt 8:19.21-22; Lc 9:57-60).

En este caso, la actitud de obediencia del discípulo, unida al abandono inmediato de otras vinculaciones anteriores es la manera como el seguimiento se ordena a la incorporación al ministerio de Jesús: serán pescadores de hombres, llamados a un servicio que deberá ser la prolongación de la diakonía de Jesús, con vistas a la construcción del Reino.

La llamada de Jesús es, por tanto, una llamada a reconocer que el Reinado de Dios es una realidad que apremia a quienes escuchan su mensaje, instándolos a tomar urgentemente una decisión que no admite demora. La decisión no puede ser postergada sólo porque la vida sea agradable o los negocios florecientes o porque otras responsabilidades no nos dejen tiempo.

Tal llamada es cuestión de vida o muerte, a tal punto que dispensa del deber de hacer una obra de misericordia (enterrar a los muertos), deber, que se consideraba casi superior al
cuarto mandamiento, y que eximía de cualquier otra obligación prescrita por la ley.

Para continuar con nuestro estudio es necesario agregar esa aparente arbitrariedad con que están presentadas algunas de las llamadas, en las que no encontramos en Jesús ni una presentación personal ni un programa, ni una meta, ni un ideal, ni siquiera se hace una alusión a la importancia del momento o a las consecuencias que aquello va a tener o puede tener. Sin embargo no existe nada de eso. Hay un imperativo de una persona, casi desconocida y, a pesar de todo, un seguimiento total. Sólo queda la llamada en sí misma, abierta a todas las posibilidades y, por eso mismo, inabarcable en todo lo que supone y conlleva.

Con esto se quiere marcar un precedente que luego va a hacerse presente a lo largo de todo el contacto de los discípulos con Jesús, ya que la llamada lanza a un futuro totalmente imprevisible. Este precedente va a ser mayor que todas las dificultades, ya que va a llevar a los discípulos a una serie de situaciones imprevistas por ellos (Mc 8:31 – 33; Mt 26:14–16. 20–25. 30-35; Lc 9: 22–26; 24: 13–27) y donde cabría el argumento que muchas veces oímos nosotros: “Yo, cuando me decidí, no sabía a qué me exponía y no sabía que iba a llegar a esto“.

En torno a este llamamiento de los discípulos (previo a él en Lucas y posterior en Marcos) aparece un seguimiento por parte de la gente que venía a él de todas partes (Mc 1: 45; 2: 13); pero en este caso, los verbos venir–seguir aparecen en indicativo; no en imperativo, lo que indica también una vocación a partir de la atracción que Jesús ejerce sobre el pueblo, a través de su palabra y su singular actuación, que son acogidas como una verdadera invitación o llamada a la conversión y al seguimiento.

Jesús llamó a su seguimiento no sólo a justos sino también a pecadores. Es así, como el segundo relato de vocación, después de los primeros discípulos (Pedro Andrés, Santiago y Juan) es el de Leví, el publicano, considerado oficialmente como un pecador. Jesús lo llama de modo inesperado: “Al pasar, vio a un hombre, y le dijo: sígueme. Y él levantándose, le siguió, dejándolo todo” – añade Lucas – (Mc2:13–14; Mt 9:9; Lc 5:27– 28).

Aparece aquí por primera vez la renuncia a las riquezas (los impuestos recaudados), que nos revela cómo la llamada de Jesús encierra un indudable sentido de donación de gracia y salvación: Jesús (en nombre de Dios) salta por encima del muro, hasta entonces insalvable que separaba a justos de pecadores.

Otro elemento a tener en cuenta sobre el tema del llamado no se nota tanto en los evangelios, pero sí en la comparación con las prácticas rabínicas, y lo han subrayado casi todos los exegetas; un rasgo que diferencia mucho de la manera como Jesús plantea su discipulado de la del resto de los rabinos.

Cualquier rabino tiene a sus discípulos, pura y simplemente, para enseñarles la ley y, además, no es el rabino el que llama, sino que él abre una escuela y entonces, según la fama y la importancia que tenga, el discípulo va eligiendo al maestro que quiere. En cambio Jesús, hace discípulos no para enseñarles la ley y convertirlos en maestros de la ley, sino para vincularlos cada vez más a su persona; además no son ellos los que acuden, sino que él es quien los elige.

La llamada al seguimiento es, pues, vinculación a la persona de Jesucristo. El, es quien llama. La respuesta del discípulo consiste en una acogida libre, voluntaria y obediente. Es una llamada gratuita que no opera por mérito alguno, pero que una vez acogida, compromete a la persona entera y todo su mundo de relaciones, ya que se trata de algo serio, pues supone un giro total en la vida de una persona: romper con el pasado y abrirse a una nueva tarea y un destino totalmente imprevisible.

Jesús no llama a nadie para una tarea vacía e innoble, sino todo lo contrario; según el testimonio de los evangelios sinópticos, Jesús llama a los discípulos para hacerlos pescadores de hombres (Mt 4:19. Mc 1:17. Lc 5:10); esta tarea que debe asumir el discípulo significa que el seguimiento tiene como objetivo trabajar en bien del hombre, para sanear, vivificar y liberar a todo el que lo necesita. Contribuyendo con ello a la construcción del Reino de Dios (Mt 6:33).

La llamada al seguimiento genera no una relación estática, sino dinámica que se desarrolla en un proceso que se percibe sobre todo en las exigencias del seguimiento que, sobre todo en Marcos, se acrecienta con el abandono de Galilea y la decisión de subir a Jerusalén.

La radicalidad que surge al asumir con todas las consecuencias el seguimiento, sin buscarlo puede llevar a conflictos y tensiones, fruto de la reacción que causa una fidelidad absoluta al Evangelio. A causa de Cristo el discípulo será objeto de odio (Mt 10,22-25. Jn 15,18-25; 16,2), de división (Mt 10,34-35) y frente a Él es imposible mantener la falsa prudencia de la indefinición, pues se está con Él o contra Él (Lc 11,23).

La radicalidad del seguimiento tiene su mejor encarnación en la actitud de Jesús al entregar su vida por los demás (Jn 10,15-18; 13,1…). La cruz queda, de esta manera, como un signo indiscutible del compromiso radical, de la fidelidad absoluta al Padre (Lc 22,5-42), de la caridad llevada al extremo, de la búsqueda por el último lugar (Mt18,4. Lc 10,43-45. Jn 13,4…), de la renuncia al poder y a la violencia (Mt 26,51-52; 27,12.40-44; Mc 14,61;
15,5).

Ante la radicalización de la llamada al seguimiento nos encontramos con una doble reacción: por una parte, una incapacidad para entender y por otra, temor y miedo. La incomprensión lleva a los discípulos, Pedro el primero, a aconsejar a Jesús el camino del poder y la gloria: el de un mesianismo regio, más acorde con las esperanzas de la época, “lejos de ti, Señor, el padecer “: Mt 16:22; Mc 8:32). Pero Jesús no dará un paso atrás, antes bien renovará la invitación a sus discípulos a seguirle, radicalizándola.

Esta misma situación y parecidos sentimientos se reflejan en el evangelio de Juan: ante la confesión de Pedro y junto a la alusión a quien le había de entregar, el evangelista añade: “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no andaban con él” (Jn 6:66-68).

3.3 La misión: El servicio al Reino de Dios

3.3.1 Notas aclaratorias

Antes de abordar el tema de la misión es importante aclarar una pequeña dificultad entorno a la comprensión del término “Reino”, ya que la manera como nosotros lo empleamos puede referir al territorio dominado por un rey, dándole de esta manera un carácter estático, locativo , que no hace justicia a la novedosa realidad anunciada por Jesús de Nazaret, quien da al término un carácter dinámico, cualitativo y universal.

Esta dificultad terminológica está referida, ante todo, a un problema de traducción. En el lenguaje que Jesús utilizó originalmente (arameo) la palabra que se traduce por Reino tiene un sentido amplio y dinámico. Lo decisivo para su significado es la idea del reinado ejercido por un rey que incluye la referencia a un territorio en el que se lleva a cabo el mismo. Pero es la idea de ejercer la dignidad real la que se pierde al traducir aquella palabra por Reino.

Por este motivo que resulta más recurrente utilizar el término “Reinado de Dios”, ya que no se refiere al territorio dominado por un rey, sino al señorío de Dios en el corazón de los hombres y en el corazón de la historia.

El carácter dinámico, cualitativo y universal del Reinado de Dios habla de una realidad que acontece progresivamente al interior del hombre y de la historia, pero sin agotarse en ninguna de sus concreciones históricas. O. Cullmann habla de la dimensión escatológica del Reinado de Dios con una expresión que ha venido a ser el locus clasicus en teología: el “ya, pero todavía no”. Es decir, que el Reinado de Dios ya está presente en nuestras vidas y en nuestra historia, a través de la opción fundamental por la persona y el proyecto de Jesús de Nazaret.

Jesús hace presente el Reinado de Dios con hechos y palabras. De tal manera que quienes lo siguen se constituyen en constructores de ese Reinado, que apunta hacia un más allá escatológico, que trasciende todas nuestras precomprensiones sobre el mismo. En este caso, toda concreción histórica no es más que un signo que remite a una realidad siempre superior.

3.3.2 Al servicio del Reino de Dios

Marcos resume la llamada de Jesús al seguimiento con estas palabras: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertios y creed en la Buena Nueva” (Mc 1:15). La conversión exigida por el Reino de Dios es una conversión a Jesús; en esto radica la importancia teológica de la invitación a seguir a Jesús. Así el Reino de Dios todavía por venir se convierte en una realidad ya presente.

El núcleo de la predicación y de la conducta de Jesús no es su persona, sino la llegada del Reinado de Dios, el cual no sólo promete esa nueva realidad, sino que comienza a realizarla y a mostrarla como posible en este mundo (Mt 12:28; Mc 1:15; Lc 17:21). Jesús llama a sus discípulos para estar con él y para que le ayuden en la predicación del Reino de Dios, que se hace visible en la curación de enfermedades y la expulsión de demonios.

El servicio al Reino de Dios es, por consiguiente un servicio de redención y liberación del hombre. Los discípulos siguen a Jesús haciendo lo que él hace: anunciar el mensaje del Reino de Dios, curar enfermos y expulsar demonios. Esta actividad deben hacerla con una actitud vital que refleje la praxis del Reino de Dios, tal como la vive Jesús con la palabra, la parábola y la acción.

Por lo tanto el seguimiento de Jesús implica no solamente una experiencia de relación e intimidad con aquél a quien se sigue, sino, además de eso una tarea social y pública, en función de la construcción del Reino de Dios y su justicia. Con esto se puede decir que el seguimiento va íntimamente unido a la misión: construcción del Reino; son inseparables.

La adhesión histórica a Jesús implica estar a disposición del Reino de Dios y por tanto estar dispuesto a padecer al servicio de este Reino de Dios y por causa de él. “El que quiera ser mi discípulo, que reniegue de sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mc 8:34).

Esta es la función central del seguidor y es únicamente desde esta función central como debe entenderse el estilo de vida del mismo, siempre en correspondencia con el estilo de vida de aquel a quien se sigue. Se trata de la existencia del itinerante, con todo lo que ella implica. La perspectiva para comprender el comportamiento del seguidor no es, entonces, la de la ascética o la de la pureza elitista, sino precisamente la de la misión en servicio del Reinado de Dios.

3.3.3 Los destinatarios: El Reino de Dios es para los pobres

Jesús no esperó a que le preguntaran a quién iba dirigido su mensaje. Lo dijo sin que nadie se lo preguntara. En efecto Jesús comprende su misión como dirigida a los pobres: “Me han enviado a anunciar la buena nueva a los pobres” (Lc 4:18). La primera bienaventuranza de Jesús, según Lucas, proclama: “Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de Dios” (Lc 6:20). Jesús responde jubiloso a los enviados de Juan: “A los pobres se les anuncia la buena noticia” (Lc 7:22; Mt 11:5). Estas afirmaciones son de vital importancia para comprender lo que es el Reino de Dios para Jesús y por tanto para quienes le siguen.

Los evangelios establecen la relación entre Reino de Dios y los pobres como un hecho y como una relación de derecho en línea de continuidad con el Antiguo Testamento. Por tanto, no es posible espiritualizar a los pobres porque ellos tienen para Jesús rostro concreto: el pobre, el excluido, la cultura y raza marginadas, la mujer reducida a objeto de comercio, etc.

Si los pobres así entendidos son los destinatarios del Reino, entonces desde ellos se puede comprender mejor en qué Reino pensaba Jesús. Es un Reino parcial, cuyo contenido fundamental es la vida y dignidad para los pobres; esta es la pedagogía que utiliza Dios para tratar a los idólatras del dinero, del poder y de la fama.

En un mundo donde se le rinde culto al dios dinero, el anuncio del Reino de Dios va dirigido a las víctimas sacrificadas en el altar de ese dios. La gratuidad del Reino para los pobres es la mejor manera de denunciar la idolatría de la riqueza. El Reino de Dios es para los pobres porque en ellos, Dios mismo está siendo negado. La parcialidad del Reino es el punto de vista de Dios, por tanto, desde ese punto de vista deben actuar quienes sigan el camino inaugurado por Jesús.

3.4 La comunidad

El acontecimiento misterioso del Reino de Dios, inaugurado con la misión de Jesús, tenía una dimensión global y universal. Su punto de partida era la renovación del pueblo completo de Israel, pero a través de ella se desencadenaría la renovación de todos los pueblos y de toda creación. Esa era la oferta de la proclamación y de la actuación de Jesús,
que estaba dirigida a todos sin distinción alguna.

En función de esa oferta universal estaba la invitación que hizo a los que El quiso, para participar en su misión ambulante en servicio de la instauración del Reino. En estos términos el seguimiento de Jesús no tenía la intención de formar un grupo especial de elegidos al estilo de una secta, o de aprendices de sus enseñanzas para su transmisión posterior, al estilo de una escuela, ni tampoco la imitación de Jesús o el estar en compañía suya, sino precisamente el participar y colaborar en su misión al servicio del Reino.

Jesús llama a sus discípulos para asociarlos a su obra de predicación y curación (Mt 10:17 y 4:23-25). Pero la función de proclamación del Reino no acaece de forma aislada, sino que se basa en una comunidad de vida con Jesús; en una comunión con Él, pues él los eligió para “estar con él” y sólo entonces para enviarlos a predicar; por lo que comunidad de vida y envío a la misión parecen íntimamente unidos (Mc 3:14).

El seguimiento de Jesús implica la incorporación a una comunidad. De hecho Jesús habla de una nueva familia y una nueva fraternidad: constituida por los que le siguen y escuchan su voz: “El que hace la voluntad del Padre es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt 12:50; Mc 3:35).

Claro está, la incorporación a la comunidad exigía una comunión con él y una participación en su destino, pero el acontecimiento clave era el acontecimiento del Reino de Dios (Mt 6:33), frente al cual, todo lo demás es secundario y tiene validez tanto en cuanto contribuya a la concreción de mismo.

Si echamos una mirada a los evangelios podremos darnos cuenta que en la invitación de Jesús a su seguimiento está implícita una llamada a conformar y construir comunidad,
como espacio existencial indispensable para la realización del Reino. El seguimiento desencadena una experiencia comunitaria capaz de transformar al ser humano haciendo de él un hombre reconciliado, hijo y hermano a imagen de Jesús.

Jesús llama desde el primer momento a cuatro discípulos (Mt 4,18-22) y forma así con ellos una pequeña comunidad. De tal manera que en adelante todos los que fueron llamados por Jesús fueron llamados no sólo a vivir junto a él, sino además y al mismo tiempo a vivir en una comunidad de seguidores. Esta comunidad de seguidores es la que constituye la Iglesia.

Seguir a Jesús es vivir cerca de él asumiendo el mismo destino que él siguió en su vida. Pero es también y al mismo tiempo vivir en una comunidad de seguidores, de manera que la vida comunitaria represente efectivamente la recompensa humana que la persona necesita, dadas las renuncias y exigencias que impone el seguimiento: “Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna” (Mc 10:29-30).

El grupo plural e integrador de los seguidores cuya procedencia era diversa, fue, con su estilo de vida, un signo estupendo de la nueva humanidad pacificada y universal cuyo inicio iba a ser el Israel completo renovado, su signo era el grupo de los doce. El desprendimiento de la familia era signo de la formación de la nueva familia universal (Mc 3: 31-35; 10:29-30), no determinada ya por la estructura del poder patriarcal (Mc 9:33-37; 10: 13-16.35-45).

El desprendimiento de las posesiones y la vida ambulante en indigencia y en marginación eran una demostración de la esperanza en el cuidado de los pobres e indefensos por parte de Dios y en la abundancia de su Reino (Lc 12:22-34; Mt 6:19-21.25-34; Mc 10:29-30). Este grupo de los seguidores de Jesús estuvo al servicio del pueblo sedentario que era el destinatario de su misión, siendo a su vez signo claro de la presencia del Reino de Dios y de su potencia transformante.

El capítulo 18 del evangelio de Mateo reúne enseñanzas para la vida en comunidad que eran vividas al interior de comunidades sedentarias de seguidores de Jesús, animadas por los misioneros ambulantes. Estas enseñanzas fueron agrupadas y redactadas por el evangelista como si fuesen un único discurso de Jesús, y en síntesis, las podemos describir de la siguiente manera:

Mt 18:1-5: Quien sigue a Jesús debe vencer todo deseo de competición, de ser más que el otro. Esto significa desterrar toda idea de división, de marginación de las personas, como si los otros dentro de la comunidad, fueran adversarios o enemigos. Se busca no reproducir dentro de la comunidad los vicios de la sociedad.

La propuesta de Jesús consiste en superar las tentaciones de huir del camino y de la misión, rechazando todas las posibilidades de ser mayor (Mt 4:1-11). En la sociedad vale quien es el mayor. Mayor es quien tiene poder, prestigio, riquezas, el saber o las técnicas. La búsqueda por ser el mayor lleva a la lucha por el poder. El espíritu de competición invade todas las actividades y relaciones de la persona.

La comunidad no puede reproducir la ideología dominante en la sociedad: “Los reyes de las naciones ejercen su dominio sobre ellas... Pero vosotros no debéis proceder de esta manera” (Lc 22:25-26). Los miembros de la comunidad no pueden copiar los vicios y reproducir los falsos valores que se encuentran en la sociedad.

Mt 18:6-11: Evitar el escándalo. Eso significa huir del antitestimonio y saber llevar una vida digna, como seguidor o seguidora de Jesús. Para el evangelio el escándalo es dar un falso testimonio, como los escribas y fariseos. Para Jesús es la hipocresía del que habla y no vive lo que dice, engañando a los pequeños (Mt 23:25-27). Es llevar hacia dentro de la comunidad el mismo modo de pensar y obrar, las mismas divisiones y conflictos, odios y enfrentamientos que existen en el mundo.

Vivir en comunidad significa pasar por un proceso de transformación total: arrepentirse y convertirse, como lo pide Jesús (Mt 4:17). Escándalo sería entrar en la comunidad sin vivir este proceso transformador, sin cambiar de vida.

Mt 18:12-14: Saber acoger al hermano, saber buscar a quien se apartó. Mateo cambia el contexto de la parábola de la oveja perdida. En Lucas estaba dirigida a los escribas y fariseos (Lc 15:1). En Mateo está dirigida a la misma comunidad.

La parábola pide que la comunidad reflexione: ¿Por qué alguien que estaba en el camino se ha desviado?, ¿cuál es la actitud de la comunidad frente a esta persona?, ¿qué culpa ha tenido la comunidad?.

Mt 18:15-18: La corrección fraterna. ¿Qué hacer con un hermano o hermana que hizo daño a la comunidad? Jesús presenta tres posibilidades: primero el diálogo fraterno entre ofensor y ofendido. La iniciativa pertenece al ofendido. Si no da resultados, llamar a algunas personas para que ayuden en el proceso de reconciliación. La última instancia es la comunidad.

Mt 18:19-20: La comunidad debe perseverar en la oración. Debe orar siempre. La unidad de la comunidad se consigue en la práctica de la oración en común. Desde el principio la comunidad encontró en la oración un camino de perseverancia, un medio para vencer todas las dificultades (Hch 2:42-47; 4:34).

Jesús garantiza su presencia en medio de la comunidad siempre que dos o más estén reunidos en su nombre. Al mismo tiempo la oración es la garantía de que el Padre que está en los cielos oye y provee las necesidades (Mt 6:8; Jn 15:7.16).

Mt 18:21-34: Saber perdonar siempre, totalmente, con generosidad, sin límites. Un perdón radical y sin exigencias. Jesús enseña, a través de su respuesta, que el deseo de perdonar debe ser siempre mayor que el deseo de venganza. Con la parábola, Jesús deja muy claro que ante el amor generoso que el Padre tiene por nosotros, la exigencia de perdonar que se nos pide es algo muy pequeño. El poder de perdonar se lo da a toda la comunidad. La comunidad reproduce la actividad del propio Padre que está en los cielos (Mt 18:35).

Concluimos este tercer capítulo recordando que los elementos anteriormente planteados buscaron ser un acercamiento y un esfuerzo de interpretación de aquello que los Evangelios quieren trasmitir sobre el seguimiento de Jesús. Con la postulación de estos elementos no pretendimos ni agotar el tema, ni mucho menos mostrar una visión reduccionista del mismo, sino por el contrario, recoger los elementos que considerábamos, conforman los fundamentos del seguimiento, teniendo como precedente el testimonio contenido en los Evangelios.

Está claro en los evangelios que los discípulos de Jesús no se pusieron a seguir una teoría, ni se fueron al desierto a practicar sacrificios ni penitencias, largos rezos y rituales religiosos. Los discípulos siguieron a Jesús, siguieron el destino de Jesús y sólo de esta manera aprendieron quién era y comprendieron el sentido profundo de su anuncio (el Reino de Dios).

Los discípulos conocieron a Jesús al compartir su destino; no le conocieron en el estudio y la contemplación, en la piedad y en los ceremoniales del templo. El seguimiento fue la escuela donde ellos comprendieron que la adhesión histórica a Jesús implica estar a disposición del Reino de Dios y por tanto estar dispuesto a padecer al servicio del mismo y por causa de él..

La función central del seguimiento está en el servicio incondicional al Reino de Dios. Únicamente desde esta función central, es posible comprender el estilo de vida de los seguidores, quienes en correspondencia con el estilo de vida de Jesús, colaboran en su ministerio profético: anunciar el mensaje del Reino, curar a enfermos y expulsar demonios; dicha actividad deben hacerla con una actitud vital que refleje la praxis del Reino de Dios, tal como la vive Jesús con la palabra, la parábola y la acción.

Seguir a Jesús es una tarea exigente y comprometida hasta el extremo. Pero es también, y al mismo tiempo, una llamada a la alegría del que encuentra un tesoro incalculable (Mt 13:44) y del que vive en un espacio humano que colma sus aspiraciones (Hch 2:42-47). Como lo dice Jiménez Limón: "Quien centra toda su vida en el seguimiento de Jesús, en el trabajo por el Reino, quien lucha con toda el alma por la justicia, quien es capaz de afrontar la conflictividad que brota de ahí, quien se mantiene a pesar del peligro de la vida, quien sigue firme con confianza en Dios y obediencia a la misión, es porque considera que Jesús no es sólo un ejemplo inspirador, sino la donación de Dios al mundo, el único camino de ir hacia el Reino y el Padre. Es el Hijo.”

Todo lo desarrollado en este capítulo nos ha llevado a la convicción de que no hay espiritualidad verdaderamente cristiana sin un seguimiento real y comprometido por prolongar en la historia el camino iniciado por Jesús, porque no puede haber acceso a Jesús sin seguimiento. De tal manera que el seguimiento y sólo el seguimiento nos puede dar la clave para entender y vivir la espiritualidad cristiana (vida cristiana) hoy, que es el tema del próximo capítulo.

Sacramento del bautismo en el catecismo y en la Lumen Gentium

EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
1213 El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; ⇒ CIC, can 204,1; ⇒ 849; CCEO 675,1): "Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo" ("El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra", Cath. R. 2,2,5).
I El nombre de este sacramento
1214 Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa "sumergir", "introducir dentro del agua"; la "inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El (cf Rm 6,3-4; Col 2,12) como "nueva criatura" (2 Co 5,17; Ga 6,15).
1215 Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5), porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual "nadie puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5).
1216 "Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado..." (S. Justino, Apol. 1,61,12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9), el bautizado, "tras haber sido iluminado" (Hb 10,32), se convierte en "hijo de la luz" (1 Ts 5,5), y en "luz" él mismo (Ef 5,8):
El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4).
II El Bautismo en la economía de la salvación
Las prefiguraciones del Bautismo en la Antigua Alianza
1217 En la Liturgia de la Noche Pascual, cuando se bendice el agua bautismal, la Iglesia hace solemnemente memoria de los grandes acontecimientos de la historia de la salvación que prefiguraban ya el misterio del Bautismo:
¡Oh Dios!, que realizas en tus sacramentos obras admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te has servido de tu criatura el agua para significar la gracia del bautismo (MR, Vigilia Pascual, bendición del agua bautismal, 42).
1218 Desde el origen del mundo, el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura dice que el Espíritu de Dios "se cernía" sobre ella (cf. Gn 1,2):
¡Oh Dios!, cuyo espíritu, en los orígenes del mundo, se cernía sobre las aguas, para que ya desde entonces concibieran el poder de santificar (MR, ibid.).
1219 La Iglesia ha visto en el Arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella "unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua" (1 P 3,20):
¡Oh Dios!, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad (MR, ibid.).
1220 Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua del mar es un símbolo de la muerte. Por lo cual, pudo ser símbolo del misterio de la Cruz. Por este simbolismo el bautismo significa la comunión con la muerte de Cristo.
1221 Sobre todo el paso del Mar Rojo, verdadera liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, es el que anuncia la liberación obrada por el bautismo:
¡Oh Dios!, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo s los hijos de Abraham, para que el pueblo liberado de la esclavitud del faraón fuera imagen de la familia de los bautizados (MR, ibid.).
1222 Finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza.
El Bautismo de Cristo
1223 Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de hacerse bautizar por S. Juan el Bautista en el Jordán (cf. Mt 3,13 ), y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20; cf Mc 16,15-16).
1224 Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo amado" (Mt 3,16-17).
1225 En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un "Bautismo" con que debía ser bautizado (Mc 10,38; cf Lc 12,50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (cf. Jn 19,34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva (cf 1 Jn 5,6-8): desde entonces, es posible "nacer del agua y del Espíritu" para entrar en el Reino de Dios (Jn 3,5). Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí está todo el misterio: El padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado. (S. Ambrosio, sacr. 2,6).
El bautismo en la Iglesia
1226 Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa", declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: "el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos" (Hch 16,31-33).
1227 Según el apóstol S. Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con él: ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6,3-4; cf Col 2,12). Los bautizados se han "revestido de Cristo" (Ga 3,27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf 1 Co 6,11; 12,13).
1228 El Bautismo es, pues, un baño de agua en el que la "semilla incorruptible" de la Palabra de Dios produce su efecto vivificador (cf. 1 P 1,23; Ef 5,26). S. Agustín dirá del Bautismo: "Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum" ("Se une la palabra a la materia, y se hace el sacramento", ev. Io. 80,3).
III La celebración del sacramento del Bautismo
La iniciación cristiana
1229 Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.
1230 Esta iniciación ha variado mucho a lo largo de los siglos y según las circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia, la iniciación cristiana conoció un gran desarrollo, con un largo periodo de catecumenado, y una serie de ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente el camino de la preparación catecumenal y que desembocaban en la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana.
1231 Desde que el bautismo de los niños vino a ser la forma habitual de celebración de este sacramento, ésta se ha convertido en un acto único que integra de manera muy abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana. Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el momento propio de la catequesis.
1232 El Concilio Vaticano II ha restaurado para la Iglesia latina, "el catecumenado de adultos, dividido en diversos grados" (SC 64). Sus ritos se encuentran en el Ordo initiationis christianae adultorum (1972). Por otra parte, el Concilio ha permitido que "en tierras de misión, además de los elementos de iniciación contenidos en la tradición cristiana, pueden admitirse también aquellos que se encuentran en uso en cada pueblo siempre que puedan acomodarse al rito cristiano" (SC 65; cf. SC 37-40).
1233 Hoy, pues, en todos los ritos latinos y orientales la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía (cf. AG 14; ⇒ CIC can.851. ⇒ 865. ⇒ 866). En los ritos orientales la iniciación cristiana de los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación y la Eucaristía, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima de su iniciación cristiana (cf. ⇒ CIC can.851, 2; ⇒ 868).
La mistagogia de la celebración
1234 El sentido y la gracia del sacramento del Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración. Cuando se participa atentamente en los gestos y las palabras de esta celebración, los fieles se inician en las riquezas que este sacramento significa y realiza en cada nuevo bautizado.
1235 La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz.
1236 El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la fe, inseparable del Bautismo. En efecto, el Bautismo es de un modo particular "el sacramento de la fe" por ser la entrada sacramental en la vida de fe.
1237 Puesto que el Bautismo significa la liberación del pecado y de su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos sobre el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos o bien el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a la cual será "confiado" por el Bautismo (cf Rm 6,17).
1238 El agua bautismal es entonces consagrada mediante una oración de epíclesis (en el momento mismo o en la noche pascual). La Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo, el poder del Espíritu Santo descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados con ella "nazcan del agua y del Espíritu" (Jn 3,5).
1239 Sigue entonces el rito esencial del sacramento: el Bautismo propiamente dicho, que significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el Misterio pascual de Cristo. El Bautismo es realizado de la manera más significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato.
1240 En la Iglesia latina, esta triple infusión va acompañada de las palabras del ministro: "N, Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las liturgias orientales, estando el catecúmeno vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca de ella.
1241 La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf OBP nº 62).
1242 En la liturgia de las Iglesias de Oriente, la unción postbautismal es el sacramento de la Crismación (Confirmación). En la liturgia romana, dicha unción anuncia una segunda unción del santo crisma que dará el obispo: el sacramento de la Confirmación que, por así decirlo, "confirma" y da plenitud a la unción bautismal.
1243 La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo" (Mt 5,14; cf Flp 2,15).
El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Unico. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.
1244 La primera comunión eucarística. Hecho hijo de Dios, revestido de la túnica nupcial, el neófito es admitido "al festín de las bodas del Cordero" y recibe el alimento de la vida nueva, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Las Iglesias orientales conservan una conciencia viva de la unidad de la iniciación cristiana por lo que dan la sagrada comunión a todos los nuevos bautizados y confirmados, incluso a los niños pequeños, recordando las palabras del Señor: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14). La Iglesia latina, que reserva el acceso a la Sagrada Comunión a los que han alcanzado el uso de razón, expresa cómo el Bautismo introduce a la Eucaristía acercando al altar al niño recién bautizado para la oración del Padre Nuestro.
1245 La bendición solemne cierra la celebración del Bautismo. En el Bautismo de recién nacidos, la bendición de la madre ocupa un lugar especial.

IV Quién puede recibir el Bautismo
1246 "Es capaz de recibir el bautismo todo ser humano, aún no bautizado, y solo él" (⇒ CIC, can. 864: CCEO, can. 679).
El Bautismo de adultos
1247 En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del evangelio está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de adultos es la práctica más común. El catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupa entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.
1248 El catecumenado, o formación de los catecúmenos, tiene por finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la iniciativa divina y en unión con una comunidad eclesial, llevar a madurez su conversión y su fe. Se trata de una "formación y noviciado debidamente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro. Por lo tanto, hay que iniciar adecuadamente a los catecúmenos en el misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que deben celebrarse en los tiempos sucesivos, e introducirlos en la vida de fe, la liturgia y la caridad del Pueblo de Dios" (AG 14; cf OICA 19 y 98).
1249 Los catecúmenos "están ya unidos a la Iglesia, pertenecen ya a la casa de Cristo y muchas veces llevan ya una una vida de fe, esperanza y caridad" (AG 14). "La madre Iglesia los abraza ya con amor tomándolos a sus cargo" (LG 14; cf ⇒ CIC can. 206; ⇒ 788,3).
El Bautismo de niños
1250 Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios (cf Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf ⇒ CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1).
1251 Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado (cf LG 11; 41; GS 48; ⇒ CIC can. 868).
1252 La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños (cf CDF, instr. "Pastoralis actio": AAS 72 [1980] 1137-56).
Fe y Bautismo
1253 El Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" y él responde: "¡La fe!".
1254 En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana.
1255 Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf ⇒ CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial (officium; cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo.
V Quién puede bautizar
1256 Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono (cf ⇒ CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar (Cf ⇒ CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16).
VI La necesidad del Bautismo
1257 El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del espíritu" a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos.
1258 Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento.
1259 A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el bautismo unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento.
1260 "Cristo murió por todos y la vocación última del hombre en realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este mis terio pascual" (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.
1261 En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo.
VII La gracia del Bautismo
1262 Los distintos efectos del Bautismo son significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf Hch 2,38; Jn 3,5).
Para la remisión de los pecados...
1263 Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios.
1264 No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o "fomes peccati": "La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien `el que legítimamente luchare, será coronado'(2 Tm 2,5)" (Cc de Trento: DS 1515).
“Una criatura nueva”
1265 El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito "una nueva creación" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).
1266 La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que :
– le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
– le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
– le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo.
Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo
1267 El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. "Por tanto...somos miembros los unos de los otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1 Co 12,13).
1268 Los bautizados vienen a ser "piedras vivas" para "edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2,9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles.
1269 Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn 13,12-15) en la comunión de la Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts 5,12-13). Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia (cf LG 37; ⇒ CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).
1270 Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23).
El vínculo sacramental de la unidad de los cristianos
1271 El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica: "Los que creen en Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica... justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia Católica como hermanos del Señor" (UR 3). "Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él" (UR 22).
Un sello espiritual indeleble...
1272 Incorporado a Cristo por el Bautismo, el bautizado es configurado con Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.
1273 Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz (cf LG 10).
1274 El "sello del Señor" (Dominicus character: S. Agustín, Ep. 98,5), es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado "para el día de la redención" (Ef 4,30; cf Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). "El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna" (S. Ireneo, Dem.,3). El fiel que "guarde el sello" hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con "el signo de la fe" (MR, Canon romano, 97), con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en la esperanza de la resurrección.
Lumen Gentium
La vida de Cristo en este cuerpo se comunica a los creyentes, que se unen misteriosa y realmente a Cristo paciente y glorificado por medio de los sacramentos[6]. Por el bautismo nos configuramos con Cristo: "Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo" (1 Cor., 12, 13). Rito sagrado con que se representa y efectúa la unión con la muerte y resurrección de Cristo: "Con El hemos sido sepultados por el bautismo, para participar en su muerte", mas si "hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección" (Rom., 6, 4-5). En la fracción del pan eucarístico, participando realmente del cuerpo del Señor, nos elevamos a una comunión con El y entre nosotros mismos. Puesto que hay un solo pan, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan" (1 Cor., 10, 17). Así todos nosotros quedamos hechos miembros de su Cuerpo (cf. I Cor., 12, 27), "pero cada uno es miembro del otro" (Rom., 12, 5).

Oración por la paz

Jueves

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

ORACION POR LA PAZ

Señor, haznos instrumentos de tu paz: que donde haya odio, sembremos amor,
donde haya ofensa, demos paso al perdón, donde haya discordia, procuremos la armonía,
donde hay error, hagamos brillar la verdad, donde haya duda, demos paso a la fe,
donde haya desesperación, promovamos la esperanza, donde haya tinieblas, seamos luz,
donde haya tristeza, pongamos alegría.

Oh, Señor, que no nos empeñemos tanto en ser consolados (as) como en consolar,
en ser comprendidos (as), como en comprender, en ser amados (as), como en amar;
porque dando se recibe, perdonando es como Tú nos perdonas,
y muriendo en Ti resucitamos a la vida eterna .

Roguemos a Nuestra Madre María, para que nos ayude a ser constructores de paz y promotores de una vida justa que respete, defienda y promueva la dignidad humana.

A tu amparo y protección madre de dios acudimos,
No desoigas nuestros ruegos y de todos los peligros,
Virgen gloriosa y bendita, defiende siempre a tus hijos e hijas.

Amar a un ser humano

Amar a un ser humano

Amar a un ser humano es aceptar la oportunidad de conocerlo verdaderamente y disfrutar de la aventura de explorar y descubrir lo que guarda más allá de sus máscaras y sus defensas; contemplar con ternura sus más profundos sentimientos, sus temores, sus carencias, sus esperanzas y alegrías, su dolor y sus anhelos; es comprender que detrás de su careta y su coraza, se encuentra un corazón sensible y solitario, hambriento de una mano amiga, sediento de una sonrisa sincera en la que pueda sentirse en casa; es reconocer, con respetuosa compasión, que la desarmonía y el caos en los que a veces vive son el producto de su ignorancia y su inconsciencia, y darte cuenta de que si genera desdichas es porque aún no ha aprendido a sembrar alegrías, y en ocasiones se siente tan vacío y carente de sentido, que no puede confiar ni en si mismo; es descubrir y honrar, por encima de cualquier apariencia, su verdadera identidad, y apreciar honestamente su infinita grandeza como una expresión única e irrepetible de la Vida.

Amar a un ser humano es brindarle la oportunidad de ser escuchado con profunda atención, interés y respeto; aceptar su experiencia sin pretender modificarla sino comprenderla; ofrecerle un espacio en el que pueda descubrirse sin miedo a ser calificado, en el que sienta la confianza de abrirse sin ser forzado a revelar aquello que considera privado; es reconocer y mostrar que tiene el derecho inalienable de elegir su propio camino, aunque éste no coincida con el tuyo; es permitirle descubrir su verdad interior por si mismo: apreciarlo sin condiciones, sin juzgarlo ni reprobarlo, sin pedirle que se amolde a tus ideales, sin exigirle que actúe de acuerdo con tus expectativas; es valorarlo por ser quien es, no por como tu desearías que fuera; es confiar en su capacidad de aprender de sus errores y de levantarse de sus caídas más fuerte y más maduro, y comunicarle tu fe y confianza en su poder como ser humano.

Amar a un ser humano es atreverte a mostrarte indefenso, sin poses ni caretas, revelando tu verdad , honesta y transparente; es descubrir frente al otro tus propios sentimientos, tus áreas vulnerables; permitirle que conozca al ser que verdaderamente eres, sin adoptar actitudes prefabricadas para causar una impresión favorable; es exponer tus deseos y necesidades, sin esperar que se haga responsable de saciarlas; es expresar tus ideas sin pretender convencerlo de que son correctas; es disfrutar del privilegio de ser tu mismo frente al otro, sin pedirle reconocimiento alguno, y en esta forma, irte encontrando a ti mismo en facetas siempre nuevas y distintas; es ser veraz, y sin miedo ni vergüenza, decirle con la mirada cristalina, "este soy, en este momento de mi vida, y esto que soy con gusto y libremente, contigo lo comparto...si tú quieres recibirlo".

Amar a un ser humano es disfrutar de la fortuna de poder comprometerte voluntariamente y responder en forma activa a su necesidad de desarrollo personal; es creer en él cuando de si mismo duda, contagiarle tu vitalidad y tu entusiasmo cuando está por darse por vencido, apoyarlo cuando flaquea, animarlo cuando titubea, tomarlo de las manos con firmeza cuando se siente débil, confiar en él cuando algo lo agobia y acariciarlo con dulzura cuando algo lo entristece, sin dejarte arrastrar por su desdicha; es compartir en el presente por el simple gusto de estar juntos, sin ataduras ni obligaciones impuestas, por la espontánea decisión de responderle libremente.

Amar a un ser humano es ser suficientemente humilde como para recibir su ternura y su cariño sin representar el papel del que nada necesita; es aceptar con gusto lo que te brinda sin exigir que te dé lo que no puede o no desea; es agradecerle a la Vida el prodigio de su existencia y sentir en su presencia una auténtica bendición en tu sendero; es disfrutar de la experiencia sabiendo que cada día es una aventura incierta y el mañana, una incógnita perenne; es vivir cada instante como si fuese el último que puedes compartir con el otro, de tal manera que cada reencuentro sea tan intenso y tan profundo como si fuese la primera vez que lo tomas de la mano, haciendo que lo cotidiano sea siempre una creación distinta y milagrosa.

Amar a un ser humano es atreverte a expresar el cariño espontáneamente a través de tu mirada, de tus gestos y sonrisas; de la caricia firme y delicada, de tu abrazo vigoroso, con palabras francas y sencillas; es hacerle saber y sentir cuanto lo valoras por ser quien es, cuánto aprecias sus riquezas interiores, aún aquellas que él mismo desconoce; es ver su potencial latente y colaborar para que florezca la semilla que se encuentra dormida en su interior; es hacerle sentir que su desarrollo personal te importa honestamente, que cuenta contigo; es permitirle descubrir sus capacidades creativas y alentar su posibilidad de dar todo el fruto que podría; es develar ante sus ojos el tesoro que lleva dentro y cooperar de mutuo acuerdo para hacer de esta vida una experiencia más rica y más llena de sentido.

Amar a un ser humano es también atreverte a establecer tus propios limites y mantenerlos firmemente; es respetarte a ti mismo y no permitir que el otro transgreda aquello que consideras tus derechos personales; es tener tanta confianza en ti mismo y en el otro, que sin temor a que la relación se perjudique, te sientas en libertad de expresar tu enojo sin ofender al ser querido, y puedas manifestar lo que te molesta e incomoda sin intentar herirlo o lastimarlo. Es reconocer y respetar sus limitaciones y verlo con aprecio sin idealizarlo; es compartir y disfrutar de los acuerdos y aceptar los desacuerdos, y si llegase un día en el que evidentemente los caminos divergieran sin remedio, amar es ser capaz de despedirte en paz y en armonía, de tal manera que ambos se recuerden con gratitud por los tesoros compartidos.

Ya lo decía San Agustín, “AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS”, porque cuando te dispones a amar a un ser humano, todo lo que brota de ti provoca un efecto humanizante y humanizador en quién lo ofrece y en quien lo recibe.

¿Qué te llamó la atención de la lectura? Razones.

Espiritualidad

ESPIRITUALIDAD ¿DE QUE SE TRATA?
Marcos Buvinic M., Pbro.
ESPIRITUALIDAD: LA PREGUNTA POR EL "ESPIRITU" QUE NOS HABITA
Desde finales de la década de los 70, hemos sido testigos del surgimiento y desarrollo de un nuevo clima y sensibilidad ante la experiencia espiritual. Se trata de un proceso que, entrelazado con otros, atraviesa la vida de la comunidad humana y de la Iglesia.
Este ambiente y sensibilidad se manifiesta - en una de sus vertientes - en el redescubrimiento de la religión y en la búsqueda de experiencias espirituales que comuniquen sentido a una vida personal y social que, a menudo, aparece como fragmentada, dispersa, vuelta sobre sí misma y, en fin de cuentas, errática.
Surgen así, tanto en la Iglesia como fuera de ella, diversos movimientos, grupos y corrientes que buscan y ofrecen la anhelada experiencia espiritual que permita el despliegue personal y comunitario ante un mundo marcado en forma inhumana y asfixiante por la técnica, la especialización, lo objetivable, la utilidad económica.
Además de esta vertiente de reacción crítica ante la modernidad secular, surge desde el mundo de los pobres una rica experiencia espiritual en medio de la lucha por la vida, ante una realidad marcada por la muerte (condiciones inhumanas de vida, muerte prematura e incluso muerte violenta). Es una experiencia espiritual que recorre la vida de la Iglesia y de los pobres desde las pequeñas comunidades rurales y de periferia urbana, que es sostenida por el testimonio generoso de catequistas, animadores laicos, religiosos y religiosas; que es impulsada y acompañada por numerosos pastores, obispos y sacerdotes; que es tematizada por diversos teólogos y enriquecida con sus reflexiones; que es probada en la adversidad y autentificada con el testimonio de los mártires.
Pareciera que, desde las diversas vertientes culturales y socio-económicas, muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo están "en búsqueda". La espiritualidad es, en nuestro tiempo, algo que interesa y atrae, se multiplican las publicaciones sobre el tema, y en medio de las búsquedas y de diversos intentos de respuesta, también se abre espacio la distorsión, la caricatura y la confusión con respecto a la espiritualidad.
I. Las trampas del lenguaje
Nuestro lenguaje es, en última instancia, el vehículo de nosotros mismos; en él se contiene y comunica mucho más que el mero significado de las palabras. Es decir, en él se contiene y comunica todo un universo de sentido, la percepción que tenemos del mundo y de nuestro lugar en él. En el lenguaje estamos abriendo las puertas y ventanas de nuestro mundo interior: del "mundo" que nos habita, y de nuestro modo de habitar el mundo.
De este modo, en relación a la espiritualidad, es particularmente significativo el lenguaje que utilicemos como revelador del fondo de la experiencia que intentamos comunicar. Revisemos, pues, en forma sumaria, algunos lenguajes que se articulan con respecto a la espiritualidad.
A. Lenguaje Dicotómico: Material - espiritual
Para muchas personas, incluso cristianos, el término "espiritualidad" hace referencia a una distinción y oposición con "lo material", con "las cosas terrenas", con "lo práctico y lo concreto"; mientras que "lo espiritual" pertenece "al otro mundo", a "lo abstracto e ideal". Dentro de este lenguaje dicotómico es habitual que "lo material" se considere como algo poco noble, "bajo" y aun despreciable.
El paso siguiente de esta lógica que, a partir de la dicotomía inicial ha colocado a "lo espiritual" en el más alto (e inalcanzable) peldaño, es una llamada a ser "realista", pues "desgraciadamente, hay que vivir en 'este' mundo". El "realismo" no es otra cosa que la llamada a someterse a la lógica de "lo material"; sometimiento que, habitualmente, es vivido con diversos grados de culpabilidad. Pero... "¿qué se le va a hacer? Hay que ser realistas".
Muchas personas que viven según esta lógica, es decir, sometidos inevitablemente a la poco noble condición de "lo material", en el deseo de poder exorcizar la culpa anhelan tener tiempos y espacios para dedicarse a "lo espiritual", el cual es casi automáticamente identificado con "lo que me saca de 'este' mundo"; dedicaciones "espirituales" que son un breve paréntesis para volver al realismo de "lo material" con la culpabilidad relativamente redimida. Y así, de paréntesis en paréntesis...
Estamos aquí ante una estructura típicamente dualista, que separa lo que Dios ha unido en la persona humana y hace de la ruptura entre fe y vida uno de los dramas de nuestro tiempo.
Una antropología dualista opone las dimensiones diferenciadas (espiritual-material, individual-social) de la unidad de la persona humana. En el ámbito de la espiritualidad, en el dualismo subyace una interpretación ontológica de la antítesis paulina de carne y espíritu; interpretación ontológica que rompe la unidad fundamental de la persona, oponiendo las dimensiones diferenciadas y mutuamente dependientes de esa realidad.
B. Lenguaje Subjetivo: mera interiorización
Otro lenguaje que conduce a la caricatura de la espiritualidad es el que procede, ya no por oposición, como el dualismo, sino por una centralización totalizante en el individuo.
Se trata del lenguaje del "para mí", que tiende a presentarse como absoluto e incuestionable desde la experiencia del individuo: "para mí la Eucaristía no tiene sentido", "para mí 'tal cosa' no es pecado", "para mí no tiene sentido preocuparse por lo social porque siempre va a haber pobres", "para mí...", etc.
En el lenguaje del "para mí" subyace una profunda búsqueda de sentido y, precisamente en el ámbito de la espiritualidad, es eso lo que busca: un sentido "para mí". Tener un "sentido para mí" ya es algo; sin embargo, es bastante poco si no consigue ser un "sentido para otros", y es mucho menos si no es expresión de un "sentido en sí mismo" que proviene de la humilde acogida a la realidad. En la búsqueda del "sentido para mí", la experiencia espiritual que se considerará válida será - obviamente - la que tenga "sentido para mí", llegando de este modo al círculo cerrado de un subjetivismo alienante que, a menudo, identificará la espiritualidad con la mera "interiorización". Así, la búsqueda espiritual termina su camino en espiritualismos desencarnados, misticismos volátiles, o sentimentalismos pietistas y a-históricos que, destruyendo la realidad del misterio de la encarnación, concluyen o en lo esotérico (o casi), o en el mero esteticismo, o en la permanente necesidad y búsqueda de experiencias entusiásticas que "motiven" y mantengan vivo el "sentido para mí".
Estamos aquí ante una expresión de una antropología existencialista radical, en la cual el sentido sólo proviene - en última instancia - del individuo, y no de una realidad en la que él se inscribe en relación mutua. En la lógica del "para mí", Dios mismo, incluso, depende del sentido que tenga "para mí"; estamos, pues, ante la idolatría del individuo. Por cierto que el lenguaje del "para mí" tiene el gran valor de poner de relieve la subjetividad y, en ella, resaltar la importancia de la experiencia personal como necesaria reacción ante la estrechez alienante de una conciencia exclusivamente objetiva. Su límite reside en dar paso, precisamente, a la estrechez alienante de una conciencia exclusivamente subjetiva que se basta a sí misma en la búsqueda espiritual y en la asignación de sentido. La espiritualidad cristiana, como veremos, tiene la pretención de ser exactamente lo contrario, es decir, un sentido radical que es comunicado "desde fuera" como don gratuito.
C. Lenguaje del "hacer"
Un tercer lenguaje que es usado en relación a la espiritualidad, y que también caricaturiza a ésta, es el lenguaje del "hacer". Es un lenguaje que tiene varias vertientes, no sólo diversas, sino divergentes; es el lenguaje de todos los moralismos - sean de "derechas", sean de "izquierdas" -, los que se relacionan a la espiritualidad desde la lógica de "lo que hay que hacer" y de "lo que no hay que hacer". Se trata del lenguaje de las exigencias, de los "deber-ser", de los méritos propios; es decir, es el lenguaje de la "ley" cumplida como obra de la persona humana y que la justifica plenamente ante Dios, permitiéndole acceder ya no al fundamento y sentido de la propia existencia, pues se lo ha dado a sí misma con su "hacer," sino a un "plus" como recompensa.
Esta antropología que funda en el "hacer" toda la proveniencia del sentido, y que en el "hacer" humano resuelve las expectativas más fundamentales de la persona, hace de Dios un personaje superfluo que sólo tiene un eventual espacio "después" del "hacer" como verificación última que aprueba o reprueba; o, en algunas vertientes de este lenguaje, Jesucristo "entra" como un mero ente modélico para mi "hacer" o para mi "praxis".
Siendo, pues, Dios superfluo, la espiritualidad se reduce a una caricatura moralista, a un código a cumplir, a una "praxis" a realizar como condición indispensable. De este modo, en un proceso que muchas veces es casi imperceptible en su gradualidad, el Evangelio de la misericordia y de la gracia de Dios es sustituido por el cumplimiento de la "ley" como obra humana.
Por cierto que el "hacer", la moral, la praxis, tienen su lugar y sentido bien precisos en la vida cristiana como expresión y fruto de la acción de Dios en la persona humana, como la obra del Espíritu en el creyente, que lo libera de la idolatría de sus propias fuerzas y proyectos para introducirlo en el designio de Dios y capacitarlo para colaborar en ese proyecto.
En síntesis, el lenguaje del "hacer" pretende poner - según la expresión popular - la carreta delante de los bueyes; o pretende creer - y hacer creer - que la espiritualidad es como las matemáticas, en las cuales el orden de los factores no altera el producto; sin embargo, en las cosas de Dios, el orden de los factores altera radicalmente el producto, pues sólo Dios es Dios.
En el camino seguido, partiendo de la constatación de que hay muchos "en búsqueda" de sentido y que, por lo mismo, la espiritualidad interesa y atrae, hemos caracterizado en forma sumaria algunos lenguajes que caricaturizan lo que es la espiritualidad; reducción de la espiritualidad a la caricatura que es consecuencia de una reducción antropológica que absolutiza alguna dimensión de la persona humana, distorsión de la persona humana que es expresión de una distorsión radical, la del mismo Dios.
II. La vida según el Espíritu
Al referirnos cristianamente a la espiritualidad, estamos situados ante una vida según el Espíritu (cf.Rom.8,9), una vida nacida, orientada y alimentada por el Espíritu Santo; estamos, pues, ante la experiencia original que hace cristiana a una persona: estar habitada por el mismo Espíritu que habitó a Jesús de Nazaret.
De este modo, esa experiencia es la que intenta ser, primero, radicalmente vivida, y luego, formulada y comunicada en aquello que llamamos "espiritualidad".
Así, la espiritualidad queda situada en su humus original: la experiencia de Dios. No es posible, entonces, referirse a la espiritualidad cristiana como a un mero conjunto de "prácticas" espirituales - del tipo que sean y por importantes y significativas que sean consideradas - sino como la irrupción de algo tan insospechado, tan vigoroso y transformador como es el hecho de que Dios mismo se está haciendo presente de modo singular en la vida de hombres y mujeres.
La vida cristiana está sellada en su mismo origen como la vida del Espíritu de Dios en el creyente; se trata de una vida en la fe - y del mismo proceso de acceso a la fe -, del camino de conversión, del conocimiento y amor a Jesucristo, del deseo y capacidad para seguirlo colaborando en el designio del Padre, viviendo según el proyecto de Dios y sus criterios tal como han sido encarnados para siempre en la vida y enseñanza de Jesús. Toda esta vida es por la intervención del Espíritu Santo (cf. 1 Cor. 2,10-16) comunicado como don gratuito y acogido como tal.
Este vivir según el Espíritu se contrapone a "vivir según la carne" (Cf. Gál.5,16-25), es decir, se contrapone a una vida cerrada sobre sí misma, en una perspectiva sólo terrena y orientada por los criterios y los "esquemas de este siglo" (Rom. 12,2).
La espiritualidad cristiana se refiere, pues, a la vida de Dios Trino en nosotros y, puesto que es una "vida", comporta un dinamismo procesual, un proceso de orientación permanente hacia el designio de Dios. Igualmente, puesto que es una "vida", su carácter procesual de conversión involucra todas las dimensiones de la persona: su pensar, su sentir y querer, y su actuar; es decir, la vida según el Espíritu dinamiza un proceso de transformación y asunción de criterios, valores y actitudes, según Jesucristo. En otras palabras, el don de la vida según el Espíritu dinamiza un proceso de transformación personal que despliega un conjunto de convicciones, de valoraciones, de obras y compromiso, a imagen de Jesucristo.
En su carácter de don gratuito, la vida según el Espíritu es una permanente llamada a nuestra libertad, una llamada que se concreta con nuestra respuesta a una determinada vocación a la santidad y al apostolado. Esta vida es la obra del Espíritu Santo en nosotros, El es nuestro evangelizador que nos conduce a la configuración con Jesucristo, el que inicia y consuma la fe (cf. Heb. 12,2), según el designio del Padre. ç
III. A modo de síntesis
Cuanto hemos tratado de expresar sintéticamente se podría formular esquemáticamente del siguiente modo:
don gratuito de VIDA SEGUN EL ESPIRITU
proceso de conversión criterios vocación santidad CONFIGURACION
valores CON JESUCRISTO
actitudes respuesta misión



En esta dinámica engendrada por el don gratuito del Espíritu, la espiritualidad cristiana queda situada, pues, en las antípodas de los lenguajes antes vistos - en lo que ellos se refieren a la espiritualidad: la espiritualidad cristiana viene a unificar y plenificar lo que el dualismo hace dicotómico; viene a romper el círculo cerrado del subjetivismo alienante con una novedosa y radical donación de sentido y llamada a la acción; viene a liberar de toda esclavitud de la "ley" y de los proyectos humanos,por medio del Evangelio de la gracia y la misericordia que introduce en el designio de Dios y capacita para colaborar en él.
Es al interior de esta dinámica de la obra del Espíritu en nosotros que la espiritualidad cristiana se manifestará:
- por su permanente centralidad en la persona de Jesucristo, el autor y consumador de la fe (cf. Heb. 12,2), al lado de quien todas las cosas que antes aparecían como ganancia, se manifiestan como pérdida y carentes de valor (cf. Filp. 3,7-12); -
en la edificación de la Iglesia como comunidad fraterna en misión, a cuyo servicio están los dones del Espíritu (cf. 1 Cor. 12-14);
- en la actitud de acción de gracias que brota de la acogida del don en cuanto tal, de su inesperada novedad, y de contemplar la obra del Espíritu en nosotros y en la historia;
- en el gozo del anuncio del Evangelio, ese deseo profundo de llevar el Evangelio a la vida de los hombres (cf. Rom. 1,14-15);
- en la cercanía a la vida de los pobres, en quienes está misteriosamente presente Jesucristo, y en quienes tiene lugar el juicio de la solidaridad transformadora o de la omisión egoísta e injusta (cf. Mt. 25, 31 ss).
De esta manera, es el conjunto de opciones novedosas, de actitudes y prácticas inesperadas y aparentemente "anormales" - para la lógica de este mundo - que caracterizan el seguimiento de Jesús, las que permiten percibir y hacen creíble la presencia operante del Espíritu en el cristiano, en la Iglesia y en la historia. Allí, en el testimonio de la novedad cristiana que rompe esquemas e inercias mentales y sociales, puede emerger para un mundo "en búsqueda" la pregunta por quién es el que impulsa a esos testigos hacia tales opciones, actitudes y prácticas, cómo los inspira; en fin, la pregunta por cuál es el "espíritu" que los habita.

En vida, hermano, en vida

LO PREFIERO HOY Y NO MAÑANA . . .

Prefiero que compartas conmigo unos pocos minutos ahora que estoy vivo y
no una noche entera cuando yo muera.

Prefiero que estreches suavemente mi mano ahora que estoy vivo, y no
apoyes tu cuerpo sobre mi cuando yo muera.

Prefiero que hagas una sola llamada ahora que estoy vivo y no emprendas
un inesperado viaje cuando yo muera.

Prefiero que me regales una sola flor ahora que estoy vivo y no me envíes
un hermoso ramo cuando yo muera.

Prefiero que elevemos al cielo una oración ahora que estoy vivo y no una
misa cantada y concelebrada cuando yo muera.

Prefiero que me digas unas palabras de aliento ahora que estoy vivo y no un desgarrador poema cuando yo muera.

Prefiero escuchar un solo acorde de guitarra ahora que estoy vivo, y
no una conmovedora serenata cuando yo muera.

Prefiero me dediques una leve plegaria ahora que estoy vivo y no un
polémico epitafio sobre mi tumba cuando yo muera.

Prefiero disfrutar de los más mínimos detalles ahora que estoy vivo
y no de grandes manifestaciones cuando yo muera...

Señor, ayúdanos a cambiar la mirada
Señor,
ayúdanos a cambiar la mirada.
Que aprendamos a vernos
con ternura,
como tú nos contemplas
y nos amas...
Que descubramos
que son muchas más
las cosas buenas,
los valores y talentos
que tenemos,
que las cosas negativas
que a menudo,
enturbian nuestra mirada.
Pon en nuestro camino
personas, situaciones,
realidades, experiencias,
que nos ayuden a cambiar
la mirada sobre nosotros,
sobre los otros,
sobre la realidad...
Para descubrir lo bueno
que nos rodea,
lo bueno que tenemos dentro...
para darlo con generosidad
a los que nos rodean,
para contagiar entusiasmo,
esperanza y alegría.
- Que así sea -

Texto para el 19 de marzo N.T

CAPITULO I
BREVE HISTORIA DE LA LITERATURA CRISTIANA PRIMITIVA

1. HASTA FINES DEL SIGLO XVIII SE PRESUPONÍA QUE LOS EVANGELIOS Y LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES ERAN DOCUMENTOS HISTÓRICOS.

Al partir de este supuesto se llegó a creer que los hechos narrados en estos textos sucedieron tal como aparecieron allí. Por esta razón se comenzaron a narrar historias de Jesús a partir de los evangelios. Estas historias terminaron por prescindir de los evangelios y hacer que nos quedásemos únicamente con ellas.

Para ver en el Nuevo Testamento lo que pasó del año 1 al 40 d.c. lo obvio es coger los evangelios y luego los hechos. Pero esto quiere decir que historizamos los evangelios y los hechos. El problema es que los evangelios fueron escritos entre 70-80 d.c. Esto quiere decir que Evangelio y Hechos (80-90) reflejan el estado de la comunidad de ésta época (70-90) y no propiamente lo que están narrando. En ese sentido los evangelios son historia, pero de las comunidades que los escribieron.

Ahora bien, la pregunta es cómo fue que se produjeron estos textos. Esta es la pregunta clave. Entre los años 30 y 70 no se producen textos sino que se da es una experiencia. Los evangelistas utilizan las tradiciones orales que hay en el ambiente, no las crean. Por ejemplo, Marcos recoge historias de milagros y discursos pero la pregunta aquí en es ¿quién hizo estos relatos?

La literatura de los evangelios es excepcional. Hay literatura mayor, la cual consiste en que el autor es un creador y hace una obra. En la literatura menor o popular, el autor no es un autor sino un recolector de tradiciones, de formas que se desarrollan entre hombres que viven la fe. Puede que el autor aquí ponga alguna intencionalidad, pero sin salirse de un parámetro. Un libro del Nuevo Testamento es incomparable en este sentido con la literatura de hoy en día, pues todas las piezas del Nuevo Testamento son anónimas ya que son producidas por la comunidad. En cada evangelista es así. Los evangelios recogieron cosas que produjo la comunidad, por eso canonizan el texto; el evangelista utiliza lo que elabora la comunidad.

Como queremos ver ahora, cómo es la lógica de Dios en el Nuevo Testamento, lo primero que hacemos es ver qué fue lo que pasó en la comunidad primitiva (1-60 d.c.) y a veces lo más fácil que hacemos es historizar los evangelios y los hechos. Por esto es importante recordar que todas las narraciones de milagros, viajes de Jesús, parábolas, etc., fueron producidas por la comunidad. Puede que haya algunas cosas ciertamente históricas.

Por ejemplo: Queremos saber qué es la trinidad. Y se buscan fórmulas trinitarias y se especula con estas fórmulas. Lo que había que hacer es preguntarse porqué la comunidad pensó así. Pablo, por su parte, recoge las fórmulas al igual los evangelistas. Lo que hay que preguntarse es porqué la comunidad pensó así, porqué pensó y elaboró estas fórmulas trinitarias, o porqué piensan en Iglesia desde el año 70-80 en adelante y antes no hubo una reflexión sobre la Iglesia como tal.

Todos los grandes estudios del Nuevo Testamento se sitúan en esta zona, entre la muerte de Jesús y la literatura. ¿Por qué producen parábolas? Hay que tener en cuenta que esta literatura no se hizo para recordar a Jesús.


2. Se dio un tiempo considerable entre la muerte de Jesús y la fe en su resurrección. La fe en Cristo resucitado vivió un proceso cada vez más diferenciado en la Iglesia primitiva.

Hasta ahora, hemos visto cómo se presuponía que si los evangelios y los hechos eran documentos históricos, entonces se trataba de reconstruir la realidad de Jesús y de la comunidad primitiva. Al punto inclusive que estas historias de Jesús utilizaron los evangelios para hacer una biografía y resultó un quinto evangelio, que va en detrimento de los evangelios. Así pues, resumiendo el punto 1 tenemos: PROBLEMA HOY La historización de los evangelios y hechos en cuanto narraciones de lo que ocurrió en el momento de Jesús antes de la cruz y en la Iglesia después de la cruz; y el planteamiento del punto 2: Se dio un tiempo considerable entre la muerte de Jesús y la fe en su resurrección. La fe en Cristo resucitado vivió un proceso cada vez más diferenciado en la Iglesia primitiva.

Al leer los textos de los evangelios vemos que Jesús muere un viernes y al domingo ya creen en el resucitado (así aparecen los textos) Pero resulta que hubo un trayecto de tiempo entre la muerte y la fe en la resurrección. La fe en el resucitado, no se dio al día siguiente de la muerte de Jesús, es más, los relatos de aparición muestran que es difícil aceptar esta fe en el resucitado. La fe en el resucitado fue un proceso relativamente lento y cada vez más diferenciado, es decir, hay varias concepciones del resucitado en el Nuevo Testamento, ya que el resucitado lo fueron entendiendo en maneras diferentes, en la medida que fue avanzando la experiencia pascual. La experiencia del resucitado no es por verlo, ya que éste es esencialmente invisible, siempre, hoy y ayer al principio de la Iglesia.

Ciertamente el Nuevo Testamento gira al rededor del testimonio de la resurrección lo cual presupone la fe. Esa fe tuvo un proceso de formación relativamente lento. Luego de mucho tiempo en este anuncio es que se comienza a escribir, mucho tiempo después. En este momento si se puede creer en valor histórico de los evangelios.

Supuesta la fe, ella tiene diferentes etapas que se pueden diferencias claramente. En la medida en que una persona es cada vez más convertida, tiene una captación más fina del resucitado. Si no tenemos experiencia de haber sido liberados por Cristo resucitado no tenemos fe pascual.

2.1. Hacia el año 30, muerte de Jesús y dispersión de sus discípulos.

Cristo muere hacia el año 30 y esa muerte produjo un escándalo. Los discípulos se dispersaron aterrados y despavoridos, con temor de que les pasará lo mismo que a Jesús. El movimiento de Jesús se acabó. Este es un fenómeno constatable. El escándalo de los discípulos es porque ellos no tenían mucha fe. Probablemente ya lo habían abandonado muchos antes de la última cena. El número de 12 que se coloca allí tiene un carácter especial de significar a Israel. Tiene la función de mostrar la institución de la Iglesia, pero este dato es del año 70 u 80 d.c. Pablo no es de los apóstoles y tampoco se lo llama apóstol. La institución apostólica de los 12 es después de la muerte de Pablo.

Nosotros sabemos hoy que Jesús estuvo los últimos seis meses de su vida huyendo al otro lado del Jordán. ¿Quién está allí con él? Los pocos que no lo habían abandonado. Al regresar para la pascua sólo lo acompañan Pedro, Santiago y Juan, y algunas mujeres. Cuando muere estaba muy abandonado, era considerado un hereje. La muerte de ese Jesús se vuelve un escándalo porque para ellos funcionaba la ley de la retribución y una muerte violenta era señal de pecado; he ahí el escándalo. Los apóstoles se regresan a Galilea a hacer lo que estaban haciendo. Hay muchos indicios de esta dispersión. Se sintieron engañados.

2.2. Regreso de los discípulos de Jesús, de Galilea a Jerusalén, seguramente comandados por Pedro.

Poco a poco los discípulos empiezan a ser conscientes del tratamiento de Jesús y de la voluntad de él de hacer una comunidad. Esto comienza a ser más consciente de cuando Jesús estaba vivo. El resucitado es esencialmente invisible como Dios mismo.

Los orientales utilizan un lenguaje que es cósico. Los relatos de aparición son todos relatos de misión evangelizadora, de anuncio del Reino. Lo que los discípulos anuncian es el valor salvador de la resurrección de Jesús, su valor soteriológico.

Las tradiciones más antiguas sobre Jesús ya habían pasado por la cultura griega porque todos los cristianos que las difunden son de la diáspora que habían sido expulsados de Palestina. Esta tradición es la empleada por Marcos.

Cuando regresan de galilea a Jerusalén ya están "tocados" por el resucitado y el resucitado no es experimentable sino en un proceso de conversión. Esta es la función del resucitado.

Los discípulos eran galileos y esto era suficiente para una animadversión pues galilea siempre fue un foco de rebelión frente al imperio romano. Al regresar a Jerusalén, estos discípulos están transformados, son otra cosa, tienen capacidad para afrontar los problemas en Jerusalén, probablemente hasta la persecución. Su regreso a Jerusalén es una primera señal de la resurrección de Jesús. Vuelven comandados por Pedro, probablemente porque él es el primer testigo de la resurrección (Cfr Mt. 16, 16-18). Pedro es el que está sintiendo la resurrección y con este sentido es su testigo. La autoridad de la Iglesia no son los cargos sino el testimonio de la resurrección. Aquí vemos el resucitado es por los efectos que produce en las personas .

Los discípulos se sienten tocados por el Cristo vivo. ¿Por qué Jesús no puede hacer esto antes de su muerte? Las respuestas pueden ir en muchas direcciones: porque Jesús es mucho más poderoso después de muerto que en vida. Con esta experiencia del resucitado los apóstoles reviven lo que Jesús hizo por ellos antes de su muerte; o la actividad de Jesús en su vida pública sirvió para disponer a los discípulos después de su resurrección a su acción. Ellos se han vuelto tan fuertes que le "ponen" la cara a la persecución como el mismo Jesús.

No sabemos cuando los discípulos regresan a Jerusalén; vienen comandados por Pedro y ya tienen experiencias profundas con el Cristo a quien vieron morir, y que ahora está vivo. La razón porqué Pedro, es Pedro, no fue porque Jesús le dijo que era el jefe, sino por el testimonio de la resurrección. Los discípulos, que antes tenían miedo, ya no lo tienen. El regreso a Jerusalén manifiesta que ellos quieren mostrar algo. Regresan juntos y esto es más sospechoso, que de manera individual. Por eso aquí se empieza a crear comunidad.

Conversión aquí, quiere decir volverlos otra vez grupo. El primer hecho de conversión es la creación de grupo, acción que no logró él en vida. Junto a la cruz de Cristo no hay nadie, y Juan es pura teología. Ni siquiera la virgen, pues para Marcos estos personajes no aparecen, él sólo menciona a Jesús como un hombre despreciado que muere en un rincón. Y esta aparente nadería es la redención de la humanidad. "El hecho salvífico de la humanidad nació en un moribundo muerto en un cementerio". Los personajes que aparecen en al pasión son ficticios, teológicos. Por eso el grave problema de los discípulos fue que la cruz es un escándalo, es como ver morir a un asesino, un gran pecador. De allí que el primer problema de la comunidad cristiana es cómo predicar la cruz, ya que esta Iglesia primitiva entendió que lo salvador era el crucificado.

¿Cómo fue la captación de la resurrección de Jesús? y ¿cómo la fueron anunciando? y ¿Para qué? El grupo de Jesús, hacia el año 30 se dispersó y se volvieron a Galilea y estando en Galilea es cuando este grupo empieza a experimentar al resucitado que los va juntando nuevamente. El que promueve esta reunión, es el mismo Pedro, esto quiere decir mucho, pues la tradición primitiva de la Iglesia vio en Pedro el gran testigo de la experiencia del resucitado, el gran hombre tocado por el resucitado, esto es lo que le da la autoridad. Lo cierto es que no sabemos cuándo vuelven a Jerusalén, algunos dicen que es meses, otros dicen que años.

2.3. Conversión a vida de comunidad, experiencia concreta donde es posible la captación del resucitado.

El resucitado es esencialmente invisible porque es otro modo de ser. Cfr. 1Cor 15, 35 (= ¿cómo es un cuerpo resucitado? Jesús es el modelo de toda resurrección en los hombres). A aquello que hay que ponerle gran cuidado en la resurrección es a la posibilidad de la transformación humana al acontecer de Cristo. Él, al acontecer en las personas, revela la trinidad, es decir, que Dios acontece personalmente en el hombre. Este no llega a ser transformado si no llega a ser tocado por Dios mismo en su interioridad.

El primer paso de conversión de los discípulos de Jesús es la tendencia a formar la comunidad alrededor de la fe en Cristo vivo. El caso de la resurrección de Jesús es un hecho salvífico por tener capacidad transformadora en la humanidad. Dudamos mucho si el verbo resucitar se empleó al principio de la Iglesia. Los primeros cristianos debieron hablar del Cristo vivo.

El culto sirve para tomar conciencia de la acción salvadora y se abre a dicha acción. Sin necesidad de que haya independencia política se empieza a transformar a las personas, a moverlas a la comunidad. Esta comunidad es el primer efecto del resucitado. Lo que se prueba en pentecostés es que la Iglesia es el efecto del resucitado. El efecto del resucitado es hacer personas comunitarias y es allí en la comunidad en donde se manifiesta el resucitado. Lo que hace que Dios Padre y el Hijo estén presentes en el hombre es el Espíritu (Cfr. 2Cor. 3, 17). Pero el Resucitado y el Espíritu no son lo mismo sino que el resucitado al habitar en nosotros se comporta como el Espíritu. La experiencia del resucitado en nosotros es la que nos permite ver en dónde está el resucitado. Mientras no haya una experiencia del resucitado no hay captación del Dios vivo. La comunidad se vuelve la figura de la conversión en el nuevo testamento y el cristianismo se vuelve la fábrica en dónde se hacen hijos de Dios.

La comunidad cristiana, desde la fe, nos habla del caso de Jesús. La resurrección no es un fenómeno, la fe no es un efecto racional, ella no funciona porque las cosas se vean sino que es un don. La aparición no genera la fe sino que la fe se expresa en las apariciones. De un montón de materias no se levanta sino materia. El cuerpo del resucitado no es el mismo que se entierra. ¿Cómo es el cuerpo de resucitado hoy? Somos nosotros. Para que Jesús pueda existir en este planeta, vive en nosotros, nosotros somos el cuerpo del resucitado. Aquel a quien vieron morir, está vivo, ésta es la primera concepción del resucitado. Y las demás tradiciones de apariciones y resurrección son posteriores.

Pablo, habla de que se le reveló. No se utilizó el sistema judío de resucitar muy al principio. El campo de experiencia donde experimentaron la acción del resucitado es la comunidad. Jesús resucitado, no se percibe sino por su acción salvadora, no hay más manera. La experiencia del resucitado es la misma experiencia de Dios. El campo de experiencia del resucitado es la comunidad, no el grupo pues puede haber grupo y no haber comunidad. El grupo solo no hace la comunidad, ni para que recen y trabajen juntos. Comunidad es el poder o la capacidad que una persona tiene de salir de si misma, no buscando sus propios intereses sino entregándose incondicionalmente al servicio del otro. Este poder es el poder de Dios. La comunidad es una obra de Dios. ¿Qué es lo que uno siente del resucitado? Cuando siente que no se busca así mismo, sino que busca servir a los demás. El primer milagro que hizo Jesús fue volverlos comunidad.

3. Preocupaciones de la Comunidad Cristiana Primitiva como comunidad de los últimos tiempos.

El anuncio del resucitado por parte de los discípulos se hizo en un ambiente de comunidad de los últimos tiempos. El hecho de ser comunidad es ya un anuncio. ¿Se toma conciencia de éste anuncio? Ser convertido es ser vaciado uno mismo en función del otro. Comunidad es entregarse. Cuando los discípulos empiezan a tomar conciencia de lo que les está pasando, empiezan a hacer ese camino.

La comunidad de los últimos tiempos es un anuncio judío que está muy metido dentro de la mentalidad apocalíptica (en la época de Jesús había dos mentalidades: la apocalíptica y la rabínica). Esta mentalidad apocalíptica siempre se desarrollaba en momentos críticos y en donde no se veía la acción de Dios. Se parte del poder de Yahveh y de los límites y crisis actuales, entonces, se piensa que Dios va a intervenir de un momento a otro de manera espectacular en el curso de la historia. En este momento no hay un afán por fundar la iglesia sino de llegar con evangelio al mundo entero, pues es el espacio de los últimos días. La idea que se recoge en el apocalipsis es que el mal va a ser tanto que él mismo se va a acabar. Pero cuando se ve que el final no llega, se institucionaliza la Iglesia, se la rodea de medidas estables para que funcione o para que siga viva. Si las cosas no se institucionalizan no subsisten.

La comunidad cristiana está enmarcada en la comunidad escatológica, es decir, en el paso del antiguo eón al nuevo eón (=época). Hay una afán muy grande en la comunidad de precipitar el nuevo eón y esto por medio de la conversión. Hay que apurar su llegada y hay que hacerlo rápido, por eso hay que predicar. No se quiere crear una institución para largo tiempo sino que es para ya, no da espera. Se trata de que las comunidades evangelicen la región a la cual pertenecen.